29 julio 2014

Amelia Earhart la mujer que voló tras su sueño

La primera vez que Amelia Earhart vio un avión fue a los 10 años, y tan sólo le quedó el recuerdo de un montón de hierros, cables y madera, según contaría más tarde. No encontró nada en aquel artefacto que le hiciera desear pasar el resto su vida subida a uno de ellos. Sin embargo, cuando a los 23 años, su padre le regaló un vuelo de 10 minutos, enseguida supo que aquello era a lo que quería dedicarse. A partir de ese momento, encaminó toda su vida hacia ese objetivo.

Amelia había sido una pequeña inquieta y audaz que adoraba los juegos físicos al aire libre, más propios de niños que de niñas. Su madre la había educado para que se sintiera libre y ya desde su infancia desarrolló un espíritu aventurero. Creció en el pueblo de Atchison, en (Kansas, EEUU), en la casa de sus abuelos maternos, ya que sus padres vivían fuera, allá donde destinaban a su padre.

Una de sus aficiones era coleccionar artículos sobre gestas protagonizadas por mujeres. Quizás alguna vez imaginó que un día ella sería una de ellas. Con la determinación que sólo da la pasión de estar haciendo realidad un sueño, Amelia, que tuvo como instructora de vuelo a la aviadora pionera Anita Snook, pronto destacó como piloto y empezó a acumular marcas. En 1922 se convirtió en la primera mujer que volaba a 14.000 pies de altura. Fue el primero de sus numerosos récords. 

El diario Boston Globe la bautizó entonces como la mejor aviadora americana. Muchos expertos, sin embargo, cuestionaban que fuera una piloto brillante, ya que a veces cometía errores incomprensibles. Incluso en una ocasión se estrelló contra un banco de nubes. En aquellos primeros años, Amelia tenía que luchar para seguir adelante con su vocación; su padre, alcoholizado, había perdido su trabajo y las finanzas familiares estaban al borde del colapso. 

Trabajó de fotógrafa, camionera, taquígrafa... y de lo que fuera, para juntar el dinero suficiente con el que pagarse las costosas lecciones de vuelo. Pero su gran momento llegó en 1928 cuando el publicista George Putnam le propuso ir de pasajero en un vuelo que pretendía cruzar el Atlántico emulando el que había realizado Charles Lindbergh unos meses antes. Putnam creía que la presencia de Amelia atraería a la prensa. Y acertó. Al llegar a Gales, los periodistas se abalanzaron sobre ellos, pero los pilotos fueron ignorados y en la portada de todos los diarios al día siguiente aparecía Amelia, a la que apodaron Lady Lindy, por su parecido físico con Lindbergh.

Tras la proeza, se convirtió en una celebridad. Todos querían que anunciara sus productos. Su imagen aparecía en carteles publicitarios, en portadas de revistas..., por todas partes. Con el tiempo llegó incluso a crear su propia compañía de fotografía y se convirtió en columnista de un diario. Detrás de Amelia estaba siempre Putnam, promoviéndola. Él le aconsejaba, organizaba conferencias, publicaba los libros que ella escribía sobre sus aventuras. Aquel primer vuelo transatlántico quedó plasmado en el best seller titulado 20 horas y 40 minutos. George y ella se complementaban a la perfección, y de aquel roce surgió una relación amorosa que acabaría en boda en 1931. Él le había pedido que se casara con ella hasta seis veces, pero Amelia tenía una idea muy liberal del matrimonio. Aunque vivió otros romances apasionados, siempre volvía a George, cuyo matrimonio definía como una «sociedad dual».

Con su ayuda pronto se convirtió en un icono social; todo lo que hacía o decía tenía una gran repercusión y transcendencia. Se convirtió en editora asociada de la revista Cosmopolitan y, aprovechando su inmensa popularidad, creó su propia marca de ropa, A.E., que comercializaba diseños elegantes, resueltos y muy femeninos. Y todo el dinero que ganaba lo destinaba a financiar nuevas aventuras y nuevos vuelos.

En 1932 sumó otra plusmarca a su currículum al cruzar el Atlántico ella sola como piloto y convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo. Recibió numerosos reconocimientos: entre ellos, la Distinguida Cruz de Vuelo del Congreso y la Legión de Honor del Gobierno francés. Amelia siguió promoviendo la aviación y el papel de las mujeres en la sociedad, una de sus más mayores obsesiones. «Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Y cuando fracasan, su fracaso debe ser un desafío para otras», escribió en una de las cartas que envió a su marido. Creó la organización de mujeres piloto Noventa y Nueve, y una carrera del aire sólo para féminas con un recorrido de Santa Mónica a Cleveland. Estaba en la cúspide: tenía fama, dinero y había culminado todos sus sueños. Pero Amelia era incapaz de darse por satisfecha y se propuso un nuevo reto: dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador, algo que ninguna mujer había logrado.

Como era habitual, esta nueva aventura despertó un enorme interés mediático. El primer intento, a bordo de un Lockheed Electra, fue en 1936 y terminó en fracaso. Amelia estrelló el aparato antes de elevarse, y esto reabrió de nuevo el debate sobre su destreza para pilotar. En 1937, a punto de cumplir los 40, decidió realizar otro intento con el experto en navegación Fred Noonan. Partieron de Miami y, tras un recorrido de 35.000 kilómetros con varias escalas en América del sur, La India y el sudeste Asiático, llegaron a Nueva Guinea. Desde allí les faltaba ya sólo completar 11.000 kilómetros sobrevolando el Pacífico. Tenían que repostar en Howland, una pequeña isla en medio del oceáno. Pero nunca lograron encontrarla, a pesar de los intentos desesperados por guiarles que hicieron desde una base de la propia isla. Era el 2 de julio de 1937. No se supo nada más de ellos. Se cree que se les agotó el combustible y se estrellaron contra el Pacífico.

Su desaparición conmocionó a Estados Unidos. El presidente Roosevelt ordenó una de las mayores búsquedas navales que se recuerdan, pero sin éxito. No recuperaron ni siquiera los restos del avión, y un año y medio más tarde la dieron por muerta. Un faro en la isla de Howland, destino al que que nunca llegó, la recuerda aún hoy. Rebautizaron calles y plazas con su nombre, y Atchison, su ciudad natal en Kansas, se convirtió en lugar de peregrinación. En Estados Unidos se resistieron a aceptar su pérdida. Se llegó a decir incluso que no había muerto, que sobrevivió y que había iniciado una nueva vida en Nueva Jersey con otra identidad: Irene Bonlam, una banquera neoyorquina, que tenía un asombroso parecido físico con ella. El acoso de la prensa fue tal que Bonlam tuvo que negar públicamente que fuera Amelia Earhart. Aunque siempre quedó la duda de si lo fue realmente o no.

ay papeles que cualquier actriz desearía poder interpretar. Y el de Amelia Earthart, que hoy en día sigue despertado admiración y curiosidad, es uno de ellos. Hilary Swank logró hacerse con él en la película Amelia de Mira Nair.

¿Cómo era Amelia? HILARY SWANK. Fue una de esas mujeres capaces de dar rienda suelta a la pasión y perseguir sus sueños. Hay mucha gente que se pasa el tiempo pensando en ellos sin hacer nada, y no intentan alcanzarlos por miedo a fracasar o porque se sienten más cómodos imaginándolos. Pero cuando conoces a alguien que los ha hecho realidad, te gustaría emularlo, porque en el fondo todo el mundo tiene uno. Y Amelia era así; además estaba muy por delante de su tiempo. Incluso si viviera hoy, seguiría siendo una adelantada.

¿Qué es para ti el éxito?

Seguir tus sueños, da igual que consigas un dólar o un millón. Sólo tenemos una vida y creo que si no la vivimos como queremos la desperdiciamos.

¿Qué aprendiste de Amelia? Más que aprender algo de ella, meterme en su piel me recordó algunas cosas, como vivir la vida de la forma que siempre quisiste, sin pedir disculpas por cómo eres, siendo bueno con el resto de la gente y aprendiendo todo lo que puedas.

¿Hay alguna persona que te haya inspirado especialmente en la vida?

Mi madre. Ella me animó de verdad a perseguir aquello con lo que soñaba, sin renunciar, a pensar que todo es posible. Y creo que esto es una de las mejores cosas que le puedes enseñar a un hijo.

¿Te gusta volar?

Me encanta, pero como pasajera. De pequeña veía a los aviones pasar y me preguntaba dónde irían, imaginaba todos los lugares a los que llegarían.

Y, ¿tuviste que aprender a pilotar para interpretar este personaje?

Sí. Yo no sudo mucho, pero cuando aterricé el avión, mi espalda estaba completamente empapada. Volar requiere muchísima atención. No puedes despistarte un segundo. Hay muchas cosas que recordar y es muy fácil liarte. Cuando comienzas a esquiar o a ir en bici vas despacio, pero cuando aprendes a volar pones el avión a velocidades inimaginables porque no hay otra manera de hacerlo y eso te exige pensar muy rápido.

¿Eliges con más cuidado los papeles después de tus dos Oscar a Mejor actriz ('Boy's don't cry', en 2000, y 'Million Dollar Baby', en 2005)? No creo que sea bueno tener demasiado cuidado con algo, como cuando eres niña y estrenas unos zapatos y no quieres que nadie te los pise, al final acaban sucios. Cuando tienes tanto miedo de equivocarte, o de ensuciarte, la vida se convierte en aburrida. Creo que en la vida y en la actuación hay que equivocarse.

¿Qué temores tienes a la hora de afrontar un papel?

Hay muchas cosas que me asustan. Mi profesión en sí me da miedo porque siento una enorme responsabilidad con los personajes que acepto. Interpretar a Amelia Earhart, todo un icono y alguien completamente extraordinario, me aterraba. Pero forma parte de mi pasión por la interpretación, el levantarme y pensar: ¿Seré capaz de hacer esto hoy?

"Las mujeres deben intentar hacer las mismas cosas que han hecho los hombres. Y si fracasan, su fracaso debe ser un desafío para otras mujeres."

"Amelia estaba muy por delante de su tiempo. Incluso si viviera hoy en día, seguiría siendo una auténtica adelantada."

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